Silvio García Patto.

Silvio García Patto: genio, elegancia y exceso en la publicidad mexicana

Al igual que los de muchos otros hombres célebres, los orígenes de Silvio García Patto son bastante inciertos. Solo se sabe que nació en la década de los treinta del siglo XX, en el entonces Distrito Federal, hoy Ciudad de México, en el seno de una familia de clase media. Ahí mismo realizó sus estudios básicos y profesionales.

Su perfil físico era el de un hombre blanco, alto, de pelo semirrubio, ojos azules, barba abundante y bien cuidada. Medía más de dos metros, por lo que su presencia imponía. De hecho, acostumbraba referirse a sí mismo como “mestizo”.

La historia lo ubica, de arranque, en una modesta oficina en la avenida Ejército Nacional, entre los límites de Polanco y la colonia Granada, en la que apenas cabían él y otros tres empleados.

Ahí creó su primera campaña notable: fue para Singer, máquinas de coser, y se apoyaba en una célebre frase del periodista John Reed, quien en su libro México insurgente, de principios de siglo, afirmaba haber encontrado máquinas de la marca mencionada en todos los hogares del país.

Dicha campaña apareció en revistas femeninas, con anuncios en color sepia, a principios de la década de los setenta del siglo pasado. Tuvo una duración efímera, pero resultó tan memorable que le abrió a García Patto y Asociados muchas puertas entre los grandes anunciantes de aquella época.

Al punto que, solo algunos años después, se instaló en una señorial residencia en Las Lomas de la Ciudad de México, que decoró con su proverbial buen gusto y llenó de empleados.

Pudo hacerlo porque ahí manejó, entre otras, las cuentas de Nissan, Clairol, Aurrera, Bimbo y muchas otras marcas igualmente acreditadas.

Silvio siempre fue elegante y vestía trajes a la medida. Tenía que hacerlo así porque en los almacenes no había ropa de su talla, debido a su gran estatura. Además, decoraba su oficina y su hogar con antigüedades, preferentemente japonesas.

Entre sus mejores campañas destacan dos: la que hizo para Nissan, con el tema de “los tesoros vivientes”, y la del pastelito Gansito Bimbo, con la tierna frase “Recuérdame”. Pero produjo muchísimas otras.

Como anécdota, y para señalar su personalidad, el periodista publicitario Antonio Delius recuerda que, en una ocasión, fue a visitarlo a su oficina y se sentó en recepción. El propio Silvio salió a recibirlo, pero no para darle la bienvenida, sino para pedirle:

“Siéntate, por favor, en el otro extremo, porque detrás de ti hay un biombo japonés y es del siglo XVII… no lo vayas a maltratar”.

Así era: no desperdiciaba ninguna oportunidad para lucirse… y presumir.

De Las Lomas se cambió a un edificio en la calle de Prado Norte, en el mismo rumbo, que rehízo, redecoró por completo y llenó con aves exóticas vivas, que decoraban el recinto al mismo tiempo que convivían con las visitas.

No pocas veces, durante alguna junta, una parvada de tucanes pasaba revoloteando a solo unos centímetros de las cabezas de las personas reunidas.

El declive de García Patto & Asociados sucedió cuando él descuidó la agencia para enfocarse en su proyecto personal de matrimonio con la actriz Olivia Collins. Esto suscitó un escándalo entre los anunciantes conservadores, empezando por Bimbo, que retiró sus cuentas de la agencia.

Al poco tiempo le siguieron Aurrera y Nissan, entre otras marcas.

Aun así, Silvio tuvo la osadía de abrir una sucursal de su agencia en Nueva York, aventura que tuvo que abandonar menos de un año después porque no logró conseguir ni un solo cliente.

Es necesario reconocer que Silvio tuvo la honradez de aceptar su derrota, cerrar su agencia y retirarse a vivir a Santiago de Compostela, en España.

Finalmente, falleció de cáncer a los 82 años, a principios de la segunda década del siglo XXI.

Silvio García Patto fue un genio de la publicidad.